9 de junio de 2014

Mis campos de niña






Hay ciertos  recuerdos  que  se convierten en tristes nostalgias,  otros que por el contrario te hacen revivir dulces y apasionados  momentos, como   esos momentos que viví en los campos de mi niñez


Campos de viñas trigo y olivares donde yo vagaba sin rumbo durante horas, encontrándome libre y sola gozando los  caminos que habían siempre por explorar.

Mis padres tenían una masía con tierras vinícolas, de esas masías grandes señoras, que además guardan misterios secretos y que la mirada de una  niña siempre quiere redescubrir.

Íbamos todos los fines de semana, y para mí era la huida de mis soledades el desahogo de mis batallas no ganadas en el colegio, con la familia y con mis amigas.

Cuando llegábamos salía corriendo a los caminos al huerto, a la balsa, qué con sus cañas  rectas, miraban siempre hacía el cielo viendo así el vuelo de los pájaros, sintiendo como revolotean entre sus ramas y sirviendo de apoyo y descanso a sus pequeños cuerpos. Esa charca de agua destinada para el riego que albergaba cantarinas ranas.

Recuerdo lo acompañada que me sentía estando tan sola, en los campos.

 En ocasiones, venia conmigo algún perro de la masía, que mi padre los tenía para ir a cazar, -cosa que nunca aprobé, porque entonces lo pensaba y ahora también- los perros viven para ser queridos, acariciados, para sentirse acompañados por alguien que los entienda, cuide y los quiera, para demostrar su fidelidad y su nobleza.

 Yo hablaba mucho con ellos, creía que me entendían
-Se que lo hacían-  ellos me escuchaban.

Me sentía feliz en la masía, pero sobretodo en sus tierras, muchas veces volvía cuando el atardecer empezaba a dibujar oscuras sombras en los caminos. Las horas no existían, pasaban rápidas me engañaban y yo me dejaba engañar por ellas.
Conocía aquellos campos como la palma de mi mano

Podía vagar por ellos con los ojos cerrados, ningún rincón me resultaba desconocido, pero a la vez siempre me sorprendían nuevas cosas, inéditos caminos que aunque  ya habían sido recorridos, se aparecían ante mí como insólitos  paisajes, como cuando el pintor usa la misma paleta los mismos colores,pero mezclándolos y creando nuevos matices que van coloreando otras tierras, otros arbustos, otros senderos.

Me impregnaba de todos los olores.. de las flores, de las hierbas, de la tierra mojada, y del trigo, entonces no lo sabía..los recuerdos son efímeros, y si los momentos no son olidos, comidos , masticados y saboreados, desaparecen hundiéndose en las movedizas tierras de nuestros cerebros, olvidando así, bellos momentos vividos.

Y eso es lo que yo hacía en los campos, vivirlos sentirlos, pasar muchas horas en mis campos de niña, que sin saberlo, estaban gestando una parte de mí, a partir de esos recuerdos se desarrollaron muchos gustos y nostalgias cuando llegué a la madurez.

Me subía a los olivos agarrándome a sus viejos troncos vestidos de historias, y que lucían magníficamente coqueteando con el paisaje, sintiéndome  yo grande y fuerte.

Recuerdo que no muy lejos de la masía, había un barranco, era muy profundo. Para nosotros.. mis hermanos y yo, era todo un misterio.
 A mi me daba mucho miedo bajar, pero a la vez me fascinaba.

 El camino que bajaba al barranco era ya de por si, arcano, misterioso, era un caminito de tierra que bajaba en picado hacía sus fondos , siempre estaba  mojado por la humedad, y a medida que ibas bajando, el silencio se apoderaba del lugar, eso hacía que nuestras mentes  imaginaran  próximas aventuras.
Se oían los ruidos que hacían los animales, sobre todo los pájaros, pero yo siempre creí oír a un leopardo, un león,o un dinosaurio, perdido en los tiempos y que vivía allí escondiéndose del progreso, yo estaba segura que allí abajo  había cosas fascinantes.

 El barranco era para nosotros una selva, veíamos en él misteriosas tierras por descubrir.
Con mis primos bajábamos impacientes, intrigados, nunca sabíamos que nos esperaba, que nuevas aventuras encontraríamos, y cogidos de la mano íbamos avanzando sigilosamente sin hacer ruido, la imaginación volaba a marchas forzadas, ¿qué animal nos atacaría?, o quizás.. el que nos atacaría seria un  indio comanche, de esos que salían tanto en las teles de nuestro tiempo, en las películas de vaqueros.

 Una vez quise bajar sola, pero no llegue a adentrarme demasiado, el miedo  y la emoción eran demasiado  grandes, mis padres no nos dejaban bajar al barranco y eso lo hacía aun mucho más  excitante y deseable.

Recuerdo que cuando venia el tiempo de la vendimia, íbamos a recoger la uva, pero lo mejor era ir a pisarla, me descalzaba y me dejaba invadir por aquellas sensaciones que recorrían mi cuerpo aun dormido, eran sensaciones nuevas, sentía como los pies se hundían entre las uvas y como el liquido que desprendían  mojaban mis pies  resbaladizos entre tanta destroza fruta. 
Cuando recogíamos la uva, íbamos con los masoveros en los carros tirados por  perezosos y tranquilos caballos, que sabiéndose bien el recorrido avanzaban lentamente, mientras yo cogida al carro, disfrutaba ese momento intensamente.

Un día mi padre, compro una tartana de esas de paseo, adornada con dorados farolillos y asientos de terciopelo, era una señora tartana.
Pepito, el masovero enganchaba los caballos y nos subía uno a uno hasta que todos inquietos y excitados, esperábamos aquel pequeño pero fascinante viaje.

 Íbamos por el camino de la finca hasta salir a la carretera y encaminábamos los caballos y la tartana hacia el pueblo.
El aire nos despeinaba y nuestros pequeños cuerpos, trotaban al compás de los movimientos de la tartana, los caballos con sus cascos pisaban las piedras y se metían en los baches, así que botábamos sintiéndonos felices de vivir esa experiencia.

Un día fui a la era, a mediados de junio.
 Comenzaba la siega cogiéndose el trigo y almacenándolo en la era, formando con él redondas balas de paja, que se dejaban allí todo el verano.

 Las eras se situaban a los alrededores de las casas de campo y masías, eran de tierra apisonada que había que prepararlas con antelación para realizar la trilla del trigo recogido , estaban siempre  forradas de paja y eran un lugar eternamente dorado cuando les daba el sol.
 La de casa estaba en la cima de una pequeña loma, detrás de un bosquecito de pinares, cerca de la masía, era un lugar impregnado de magia, de poesía..

Estaba situada de cara al este, así que las tardes en ella, eran un festín de colores ocres y amarillos, que brillaban con los últimos rayos de sol, últimas horas de  esos días de verano.

Cuando llegue allí, vi a mis padres, estirados en la paja, inundados por la dorada y suave luz del sol, estaban juntos abrazados, besándose, amándose  y dejando aflorar sus sentidos y sentimientos.

 La imagen para mí  era extravagante, grotesca, me asuste, no podía imaginar a mis padres en una situación así, me acuerdo que eche a correr, sin parar llorando.

Para mí era como un insulto, una mezcla de celos y de ignorancia, que me asustaba, yo debería tener unos seis años

Cuando fui más mayor, y pensaba en aquel suceso, me sentía muy bien, al recordar a mis padres queriéndose en aquella era.

Recordando cómo se buscaban y se deseaban, cierro los ojos y veo, ese momento esa pareja aun joven, morenos retozando entre la paja, guapos y fuertes.
Ese es un  bonito recuerdo que  se mezcla con el que sentí de niña cuando los vi, y trato de entender a esa niña, que no sabía nada, y pensaba haber visto algo malo


               


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